"Los caminos que son verdad siempre vuelven. Alicia, Lucas y Matías:
Tres vidas en el cruce, donde la búsqueda del Self comienza bajo el roble centenario.”
(Imagen modificada con IA)
Donde nacen las hojas del alma
La búsqueda del self y la fuerza del silencio en el Pirineo
Dicen que hay lugares en el mundo donde el tiempo no se detiene, sino que baja el ritmo. Sitios a los que uno no llega por primera vez, sino a los que regresa, aunque nunca haya estado allí.
Lanuza es uno de esos lugares.
Encajado entre las montañas del Pirineo Aragonés, el pueblo parece un secreto dicho en voz baja. Las casas de piedra y pizarra se agrupan alrededor del embalse, que refleja el cielo como si quisiera guardarlo para sí. En invierno huele a leña y lana mojada; en verano, a hierba recién cortada y tierra caliente.
No tiene hoteles de lujo ni calles llenas de tiendas. Tiene algo más incómodo y valioso: silencio y tranquilidad.
No un silencio vacío, sino de esos que obligan a escuchar lo que uno lleva dentro.
Lanuza y el roble: donde el silencio obliga a escuchar la verdad interior
En una casita cubierta de hiedra, mirando al embalse, vive Matías. Nadie recuerda cuándo llegó. Un día, simplemente, empezó a verse su figura subiendo desde el río con una caña al hombro y una bolsa de pan bajo el brazo, como si llevara allí toda la vida.
Tiene el pelo completamente blanco, una barba descuidada y unos ojos tranquilos, de esos que han visto más de lo que revelan. Habla poco. Y cuando alguien le pregunta algo demasiado directo, responde con una media sonrisa amable que cierra la conversación sin herir.
Cada mañana baja al río, apoya la mano en el tronco del gran roble —el Guardián— y se sienta en el banco de piedra que él mismo construyó. Unas veces lee; otras escribe; la mayoría de las veces simplemente está.
—¿Qué hace tantas horas ahí? —le preguntó un día la panadera.
—Nada —respondió él—. Y cuando uno aprende a no hacer nada sin sentirse culpable, empieza a vivir de otra manera.
Alicia — Antes de Lanuza
Agosto en Madrid siempre le había parecido un regalo: menos tráfico, menos reuniones presenciales, la ciudad medio vacía. Este año, en cambio, se le estaba haciendo cuesta arriba.
Demasiado silencio en las calles, demasiado ruido dentro de su cabeza.
Alicia llevaba más de veinte años trabajando en la misma multinacional. Entró como becaria cuando aún estaba terminando la Licenciatura en Marketing. Con el tiempo fue ascendiendo: primero ejecutiva de cuentas, luego responsable de área, más tarde directora de marketing para España. Su currículum era impecable en LinkedIn. La vida, sobre el papel, también. A veces pensaba, “Suena bien”.
El marketing que ella conoció no era el de ahora. Antes había reuniones creativas con pizarras llenas de ideas, campañas que se cocinaban despacio, tiempo para entender al cliente. Ahora todo eran dashboards [interfaz visual que muestra métricas claves y datos], en tiempo real, automatizaciones, algoritmos que predecían comportamientos… y una sensación constante de ir detrás de algo que nunca se alcanzaba del todo.
La empresa se había volcado con la inteligencia artificial. Había departamentos nuevos, proyectos piloto, una presión indirecta por no quedarse atrás. Ella misma, intentando adaptarse, se matriculó hacía un año en un Grado Superior de diseño gráfico con herramientas de IA. Lo hizo por curiosidad, por gusto… y porque sentía que, si no aprendía a convivir con esa nueva realidad, se quedaría fuera. Lo que no esperaba era enamorarse de ese mundo.
Le gustaba sentarse horas delante del ordenador creando composiciones, jugando con luces, colores, texturas. Le gustaba más eso que revisar informes de rendimiento de campañas o discutir con la central de Manhattan por el presupuesto anual.
Un día, al cerrar un diseño para un ejercicio del grado, se dio cuenta de algo tan sencillo como incómodo: lo que le apasionaba ya no tenía mucho que ver con lo que hacía en su trabajo. Eso la inquietó más que cualquier bronca en la oficina.
En clase también conoció a Guille, un compañero de 55 años, prejubilado de una aseguradora alemana. Tranquilo, educado, con un sentido del humor sereno. Nada que ver con el ritmo acelerado de su entorno. Compartían ordenador, cafés y alguna que otra conversación de pasillo sobre cambios de vida.
—Tú estás hecha para algo más creativo —le dijo él una tarde, sin dramatizar—. No sé si lo ves, pero se te ilumina la cara cuando hablas de esto.
Alicia se rio para quitarle peso. Pero la frase se le quedó grabada a fuego.
No tenía pareja estable. Nunca fue una prioridad. Su trabajo ocupaba casi todo su espacio mental y emocional. Había tenido relaciones breves, encuentros que no pedían compromiso, cenas con risas que terminaban en nada. Y estaba bien. Lo había elegido así. Lo que no había elegido era esta sensación de estar viviendo una vida correcta, pero ajena.
Una mañana de agosto, después de una videollamada con la sede de Manhattan en la que discutieron durante una hora sobre el tono de una campaña global que a ella ni siquiera le interesaba, cerró el portátil y se quedó mirando el salón de su piso de Chamberí en Madrid. Todo estaba en su sitio, ordenado, cuidado y con la decoración que a ella le gustaba, aun así, ahora no sentía la misma felicidad y satisfacción. Se levantó, fue a la cocina y se sirvió un café. Se apoyó en la encimera, en silencio, con la taza entre las manos.
—No puedo seguir así —se dijo a sí misma en voz baja.
No era un arrebato. Llevaba meses con ese pensamiento, pero hasta ese momento no lo había decidido de forma tan clara. Sabía que no quería continuar muchos años más en ese puesto. Sabía que le apetecía un tipo de vida más creativa, más tranquila, más honesta con lo que sentía. Lo que no sabía era de qué modo iniciar ese cambio.
Abrió el ordenador personal. Entró en la intranet de la empresa, miró el calendario de reuniones, los objetivos del cuarto trimestre, los informes de previsión de ventas… Alicia comenzó a sentir una presión en el pecho, la misma que comenzó a notar a las pocas semanas del inicio del curso de Diseño Gráfico. Decidió cerrar la intranet de la empresa.
Inmediatamente después abrió la carpeta del curso. Vio sus diseños, las prácticas de composición con IA, los proyectos de clase. Pasó un largo rato viendo cada una de las creaciones y los proyectos de clase que tenía pendientes. Ahí, justo ahí se dio cuenta que algo pasaba, se había relajado por completo, la presión en el pecho había desaparecido.
Minimizó las ventanas que tenía abiertas de la herramienta que estaba utilizando y abrió una pestaña nueva, tecleó sin pensarlo demasiado: “Pueblo pequeño Pirineo Aragonés alojamiento agosto”.
Salió una lista de pueblos pequeñitos perdidos entre las montañas pirenaicas, se entretuvo en mirar las imágenes del entorno de uno de los pueblos y entre las opciones que tenía, apareció una foto que le llamó la atención: un embalse del río “Gallego,” un pueblo pequeño de casas de piedra, montañas alrededor: Lanuza (Valle de Tena), amplió la imagen y sintió un impulso, algo inexplicable le incitaba a visitar el lugar.
Miró la agenda. Estaba oficialmente “de vacaciones”. Tenía algunos asuntos pendientes que podría gestionar desde el portátil, pero nada que no pudiera esperar un poco.
Reservó una habitación sencilla en una pensión de Lanuza durante siete días. No lo dudó y, sin contemplar más opciones, hizo caso a su impulso. Cuando recibió el correo de confirmación, se quedó mirándolo un buen rato, aquello no era una escapada turística. Era un alto. Una especie de pausa para preguntarse qué quería hacer en los próximos años.
El Viaje de Alicia
Alicia no tenía ganas de viajar en tren ni en avión. Prefería conducir: así controlaba su tiempo, podía poner la música al volumen que le gustaba, sin cascos, y tararear en voz alta sus canciones favoritas sin molestar a nadie.
Le tocaba hacer la revisión del coche, así que llamaría a su mecánico para avisarle de que pensaba hacer un viaje y quería que lo revisara a fondo.
El viernes, a las 8:30, Alicia ya estaba en el taller. Miguel era su mecánico de siempre. Lo conocía desde hacía años; fue el primero al que llevó el coche que se compró y con el tiempo habían creado una buena amistad. Además, Alicia solía hacer revisiones frecuentes, viajaba a menudo y no le gustaba la idea de quedarse tirada en una carretera secundaria en mitad de la nada.
—¿Vacaciones? —preguntó él mientras tomaba nota de los kilómetros.
—Algo así —respondió Alicia.
—¿Dónde te vas esta vez? ¿Playa, ciudad europea, viaje largo?
—Lanuza —dijo—. Un pueblo del Pirineo. Lo encontré buscando fotos.
Miguel levantó la vista con una media sonrisa.
—Buen sitio para dejar de pensar tanto —comentó—. Estuve por allí hace tiempo. Fui para dos días y me quedé dos semanas.
—¿Tanto? —se sorprendió ella.
—Hay lugares que te atrapan por dentro sin hacer demasiado ruido —añadió—. Ese es uno.
Alicia no preguntó más. No quería contaminar la experiencia con expectativas. Solo sintió que, quizá, no había elegido tan al azar.
—Déjamelo listo para mañana —pidió—. Me voy este fin de semana.
—Hecho —respondió él—. Y cuando vuelvas, me cuentas qué tal.
Ella sonrió.
—Prometido.
Llegada de Alicia a Lanuza
El viaje fue largo, pero llevadero. Paró un par de veces en gasolineras. Puso música, apagó la música, condujo en silencio, mientras avanzaba, notaba cómo Madrid se quedaba lejos, no solo en kilómetros, sino en forma de vida.
Al llegar al valle, la carretera empezó a estrecharse, la imagen del embalse apareció detrás de una curva, la vista del paisaje le encantó, sintió que estaba en el lugar indicado, realmente necesitaba paz y tranquilidad para ordenar sus pensamientos, descubrir por qué motivo había perdido el interés por su vida laboral, la que tantas satisfacciones le había dado.
Aparcó sin prisa. Dejó las maletas en la pensión, una casa sencilla, limpia, con una dueña amable que le explicó dónde desayunar y qué caminos eran más tranquilos.
—Si quiere silencio, vaya al embalse por la mañana o al atardecer —le dijo—. Y si ve a un señor mayor con barba blanca sentado bajo un roble… ese es Matías. No muerde.
Alicia sonrió, pensando que aquello sonaba más a leyenda local que a indicación práctica. Esa primera tarde no hizo gran cosa. Caminó por el pueblo, saludó con un gesto a un par de vecinos, respiró el aire fresco, observó a los grupos de turistas haciendo actividades en plena naturaleza.
Se sentía rara, como si el cuerpo aún no se hubiera enterado de que la cabeza había salido de la oficina.
Al caer la tarde, desde un pequeño mirador, vio el roble. Grande, solo, cerca del agua del pantano, pensó en bajar, pero estaba cansada. Así que dejó la actividad para la mañana siguiente. Regresó a la pensión, disfrutó de una larga ducha y, por primera vez en muchos días, cenó despacio y sin pantalla por delante, se acostó con una sensación nueva:
«No sabía qué iba a pasar allí, pero por primera vez en mucho tiempo sentía que estaba donde debía estar.»
Encuentro de Alicia y el Roble
A la mañana siguiente, después de un café y una tostada, bajó por el sendero hacia el embalse. Anduvo la pequeña pendiente, se paró delante del inmenso roble, la dueña de la pensión le había comentado que era centenario, realmente era majestuoso, su tronco y enormes ramas demostraban el paso del tiempo. Se sentó en la hierba, apoyando la espalda en el tronco y cerró los ojos. Sintió una paz interna que desconocía.
Alicia llevaba un buen rato sentada bajo el roble. No estaba pensando en nada concreto, necesitaba descansar. Tenía una sensación de agotamiento interno que le hacía respirar profundamente de vez en cuando, como si el aire pudiera ordenarle algo por dentro. Escuchó los pasos de alguien acercándose, no se sorprendió, tampoco abrió los ojos; no tenía fuerzas ni para eso.
—¿Puedo? —dijo una voz tranquila.
Abrió los ojos. Un hombre mayor, delgado, barba blanca, ropa de montaña gastada y una taza metálica humeante entre las manos. No parecía tener prisa. Ni intención de molestar.
—Claro —respondió ella, moviéndose levemente.
Él se sentó a un par de metros, no demasiado cerca, pero tampoco lejos. Dejó la taza en el suelo, entre ellos, como si fuera una forma de presentarse.
—Huele bien —dijo Alicia, más por cortesía que por otra cosa.
—Café —contestó él—. Del fuerte. Me acompaña desde hace años.
Ella asintió. No tenía nada que añadir. El viento movía las hojas del roble haciendo un sonido relajante; las aguas del embalse estaban quietas, espejo perfecto donde se miraban las gruesas ramas del roble.
—¿Llevas mucho aquí? —preguntó él sin mirarla directamente.
—No lo sé… —dijo Alicia, encogiéndose de hombros—. He perdido un poco la noción del tiempo.
—Suele pasar —respondió él—. Sobre todo, cuando uno viene cansado.
Alicia lo miró un segundo. No se sintió juzgada. Solo observada.
—¿Tanto se me nota? —preguntó con una sonrisa débil.
—No hace falta ser adivino —dijo él, señalando el tronco del árbol—. Quien se sienta aquí casi nunca viene ligero.
Ella bajó la mirada. No era una frase profunda ni poética. Era simplemente verdad. Una verdad dicha sin presión, sin análisis, sin querer escarbar.
—Soy Matías —añadió, con la misma calma—. Vivo ahí enfrente, en la casa cubierta de hiedra. Si vuelves mañana, seguro que volvemos a vernos, traeré una taza más de café, por si te apetece yo estoy siempre por aquí.
Alicia suspiró. No supo por qué, pero aquella presencia le alivió un poco la presión que sentía en el pecho.
—Alicia —dijo—. He venido unos días… a desconectar. O a intentarlo.
—Buena elección —contestó él, levantándose despacio—. Aquí no hay mucho ruido. El de dentro, bueno… ese tarda más en callarse.
Recogió la taza.
—Lo dicho, Alicia: si mañana regresas, traigo café de sobra.
Alicia sonrió por primera vez en mucho tiempo.
—Puede que vuelva —dijo.
—Entonces será buen día —respondió él, y se fue caminando despacio por el sendero.
Cuando se quedó sola, Alicia se sorprendió: se sentía mejor. ¿Habría sido la pequeña conversación con Matías? No tenía ni idea, lo único cierto era que estaba tranquila, su incertidumbre interna había desaparecido. Matías transmitía calma, paz y sosiego, No sabía qué había pasado exactamente. Solo que aquel hombre, aquel árbol y aquel silencio no habían sido extraños.
Habían sido… necesarios.
Volvió al día siguiente. Y al otro. Y sin pensarlo demasiado, empezó a sentirse menos rota bajo esas ramas.
Lucas — Antes de Lanuza
Lucas pasó toda la tarde en casa con el estómago encogido. Sabía que esa conversación tenía que llegar, pero aun así le temblaban las manos. Sus padres estaban en el salón, repasando informes médicos, él se quedó de pie frente a ellos, sin sentarse, como quien sabe que no tiene pensado quedarse mucho rato.
—No voy a seguir con Medicina —soltó, sin rodeos.
Su madre levantó la mirada despacio, como si no hubiera entendido, su padre dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Lucas, no digas tonterías —respondió él—. Tienes unas notas excelentes. Sería absurdo dejarlo ahora.
—No es absurdo papá —dijo Lucas, intentando que la voz no se le rompiera—. La medicina es vuestra vida, y yo… yo no quiero esto.
Su madre miró a Lucas con la cara desencajada preguntando: —¿Entonces qué quieres? ¿Dejarlo todo por un capricho?
—¡No es un capricho mamá! Me gusta la tecnología, la IA, los datos y la programación. Quiero estudiar STEM. Es lo que me apasiona de verdad, no lo hago por rebeldía; lo hago porque estoy cansado de vivir una vida que no es mía, no me hace feliz; esta situación me asfixia.
Su padre se levantó de la silla claramente enfadado.
—Llevas una progresión en la carrera maravillosa, uno de los primeros dentro de tu promoción. ¿Ahora dices que no quieres seguir? ¿Qué quieres meterte en “carreras de menos prestigio” porque están de moda? Lucas se sintió pequeño y menospreciado. Ese tipo de comentarios dolían más de lo que él mismo admitía.
—No está de moda —respondió—. Es el futuro, es donde encajo y me siento feliz. No tengo la intención de continuar con Medicina. No voy a dedicar mi vida a algo que no siento, esta carrera es cien por cien vocacional y yo no la tengo.
El silencio que siguió fue duro, tenso, inamovible. Su madre habló al fin:
—Eres mayor de edad y no podemos obligarte. Pero tampoco vamos a financiar un capricho pasajero; si dejas la carrera, te haces cargo de tus gastos ¡Todos! Lucas tragó saliva, tenía un nudo en la garganta y las lágrimas amenazaban con hacer acto de presencia, algo que por nada en el mundo deseaba que sucediera. Lo esperaba… pero aun así dolía.
—Me lo imaginaba —dijo—. Me buscaré la vida, no os preocupéis. Su padre soltó una risa irónica, sin humor. —A ver cuánto te dura la idea.
Lucas no contestó, no tenía fuerzas para discutir más, se fue a su habitación, cerró la puerta y apoyó la espalda en ella, no lloró, no por falta de ganas, le ardían los ojos, pero su orgullo y determinación eran mucho más fuertes.
Sacó una mochila, guardó lo preciso para pasar una semana lejos de sus padres, necesitaba estar fuera unos días, mirar la situación desde otro prisma, su cabeza no podía pensar y necesitaba poner orden en sus pensamientos y tomar una decisión definitiva. Miró el reloj.
Escribió un mensaje en el grupo de sus amigos:
«Me voy unos días. No estoy mal, solo necesito desconectar.
No me llaméis. Os escribo cuando esté tranquilo».
Luego abrió el chat con sus padres. El texto le salió torpe, pero sincero:
«He necesitado irme unos días para ordenar mi cabeza, estoy bien, no os preocupéis.
No voy a hacer ninguna estupidez. Solo necesito pensar sin presión.
Pasaré unos días, todavía no sé el destino.
Cuando vuelva hablamos con calma.
Os quiero»
leyó varias veces el mensaje, lo dejo en “borrador”, tenía pensado enviarlo una vez en el coche, guardó el móvil, no quería ver los mensajes pendientes en el grupo de sus amigos, necesitaba estar solo. Bajó las escaleras despacio, No quería que lo viesen y mucho menos dar explicaciones más allá de lo que habían hablado hacía tan solo dos horas. cruzó la casa sin hacer ruido y salió dirección al garaje para coger el coche. El aire de la noche le rozó la cara. Se sintió culpable, también libre, sentía una mezcla extraña de emociones, nunca se había sentido así. El miedo a equivocarse y la incertidumbre del futuro le asfixiaba. Entró en el coche, puso música suave. No sabía hacia dónde. Solo que no quería estar en casa.
Buscó algún lugar lo más lejos posible, que entrase en su presupuesto, silencioso, tranquilo y perdido en la naturaleza. Le apetecía y necesitaba conducir. Lo único que encajaba era un pueblo pequeño en el Valle de Tena, Lanuza Casa Pixurri: habitación sencilla, baño compartido, vistas al embalse, sesenta euros. Reservó, activó la ruta en el navegador del coche y comenzó a conducir. Mientras avanzaba por la autovía oscura, pensó en la conversación mantenida con sus padres, ahora necesitaba olvidarla y disfrutar del viaje hasta Lanuza.
Llegó avanzada la noche. El pueblo estaba casi dormido. Apenas un par de luces en ventanas altas. La recepción de la casa rural fue rápida: una llave, un “descansa”, un pasillo estrecho hasta llegar a la habitación era sencilla, pequeña y limpia. Se duchó con agua muy caliente, como si quisiera quitarse de encima la discusión mantenida con sus padres. Después se sentó en la cama, con el móvil en la mano. Sus padres habían leído el mensaje, pero no habían respondido. Sintió una mezcla de enojo y tristeza difícil de explicar, dejó el móvil aparte y se tumbó mirando el techo. La cabeza parecía querer estallar, pensó:
«Quizás me he precipitado, tengo que poner orden en mis pensamientos,
tener claro que es lo que quiero hacer. Si no lo intento ahora
¡Nunca tendré el valor de hacerlo!»
Se durmió tarde…
Lucas — La Ruta hacia Escarrilla
Al día siguiente, ya por la mañana, Lucas salió a caminar sin rumbo. El aire frío del Pirineo le alivió algo su dolor de cabeza y la presión que sentía en el pecho.
En Escarrilla encontró una pequeña tienda abierta. La dueña, una mujer de unos sesenta años con acento del valle, le preparó una bolsa con pan tierno, un pedazo de queso de oveja y unas lonchas de chorizo casero.
—¿Ruta? —preguntó ella mientras cobraba.
—Algo así —respondió Lucas.
—Pues bebe agua, que el sol de agosto engaña.
Salió sonriendo. Era la primera frase amable en un día y medio.
El sendero entre Escarrilla y Lanuza no era difícil. Subía suave, rodeado de pinares que olían a resina caliente. A ratos se oía el murmullo del agua al fondo.
Lucas caminaba sin prisa, ajustándose la mochila y dejando que el cuerpo se estirara. A media subida, se sentó en una roca y abrió el pan. Hizo un bocadillo improvisado. El queso estaba fuerte, pero le supo a gloria. Mientras comía, un hombre pasó a su lado, mochila grande, bastón de senderismo, gafas de sol.
—Buenos días —saludó.
—Buenos días —respondió Lucas, con cortesía tímida.
El hombre frenó un poco.
—¿Primera vez por aquí?
—Sí.
—Se nota. Los de por aquí no se sientan en las piedras del paso del viento —sonrió—. Dan tirones en la espalda luego.
Lucas se rió, sorprendido por lo natural que sonaba aquella conversación.
—Gracias por el aviso.
—Nada, hombre. Y si sigues diez minutos más, hay un pequeño llano con sombra. Ahí sí se está bien. El caminante siguió su ruta.
Lucas se quedó viéndolo alejarse, con una sensación extraña: alguien acababa de preocuparse por él sin pedir nada a cambio. Algo tan mínimo, y tan poco habitual en su vida últimamente. Se levantó y continuó caminando.
El descanso y la verdad interior
Encontró el claro que el desconocido había mencionado: un pequeño llano con la hierba aplastada por los pasos de otros senderistas. Se sentó a la sombra de un pino grande… Entonces, llegó ese tipo de pensamiento que surge cuando el cuerpo está cansado y la cabeza, por fin, se rinde.
—¿Y si me estoy equivocando? —susurró.
No lo dijo de forma dramática. Lo dijo como quien prueba una frase en voz alta para ver si suena a verdad. Se imaginó a sí mismo dentro de diez años: bata blanca, hospital, guardias interminables, agotamiento… ¡No era lo suyo! Simplemente no. Lo había intentado. Había cumplido, sabía que no era feliz ahí y tampoco quería vivir una vida decidida por sus padres.
Apretó la tapa de la botella de agua con gesto firme, realmente no sabía aún si su elección sería fácil, si acertaría, si se arrepentiría. Pero algo dentro estaba claro:
¡Necesitaba intentarlo! No viviría otra década con un nudo en el estómago.
Regreso a Lanuza, bajó despacio, la luz de agosto empezaba a cambiar, más dorada, más baja. En la tienda de Escarrilla volvió a entrar a por una botella fría.
—¿Qué tal la ruta? —preguntó la dueña.
—Bien. Necesaria.
—Las montañas ayudan. Aunque no arreglan nada, te ordenan la cabeza.
Lucas sonrió, agradecido.
Ya en su habitación, se duchó, se tumbó en la cama un rato, dejó el móvil boca abajo para no tentarse a mirar mensajes que igual le dolían. Se vistió de nuevo con ropa cómoda y salió, justo cuando el sol empezaba a caer detrás de las montañas. El aire estaba más fresco. El embalse, tranquilo y el pueblo, en silencio. Él, sin saberlo, caminaba hacia el mismo sitio al que Alicia también se dirigía desde el otro lado del valle.
El viejo roble los espera.
«Aquí, y no antes, fue donde empezó su historia»
Reencuentro Bajo el Roble
Lucas vio el árbol. El roble enorme, solitario, parecía que lo estuviese esperando.
Bajó la pendiente casi sin pensar. Era enorme, viejo, de esos árboles que parecen llevar cien vidas encima. Y, aun así, había algo en él que no intimidaba: más bien invitaba a sentarse un rato.
Lucas se acercó despacio. No había nadie alrededor, o eso creía; Alicia estaba sentada al otro lado del tronco. Apoyó la mochila en el suelo y se dejó caer junto al tronco. Cerró los ojos. Respiró profundamente. No tenía ningún plan predeterminado, solo cansancio.
—Parece que hoy no soy la única que necesita aire —dijo una voz suave.
Lucas abrió los ojos con un sobresalto. A unos metros, sentada en la hierba, estaba una mujer. Había algo cansado y a la vez sereno en ella. Tenía una libreta en el regazo y un bolígrafo entre los dedos, como si llevara un rato escribiendo.
—Perdón —dijo él, torpe—. No sabía que había gente aquí.
—Tranquilo —respondió ella con una media sonrisa—. Aquí no sobramos nadie. Yo también llegué así: buscando sitio donde apoyar el alma sin que me pidieran explicaciones. Lucas no supo qué contestar, bajó la mirada incómodo.
—¿Primera vez en Lanuza? —Él asintió.
—Ayer —dijo—. Llegué anoche.
—Entonces hoy respiras por primera vez —contestó ella, esta vez con un tono más cálido.
Antes de que Lucas respondiera, una tercera voz intervino desde el lado contrario del árbol:
—¿Habéis probado el café aquí? Sabe mejor cuando uno lo toma sin prisa.
Los dos se giraron. Matías estaba sentado en el banco de piedra, como si llevara allí toda la mañana. Sostenía un termo metálico y tres vasos pequeños. Sin ceremonia, llenó dos y los acercó en silencio, uno para cada uno, Lucas dudó.
—No muerde —dijo Matías, con una sonrisa tranquila—. Y si no te gusta, lo dejas. Pero al menos te calienta las manos.
Lucas aceptó el vaso. El calor en la palma le sorprendió. Alicia tomó el suyo como quien recibe un gesto familiar. Los tres se quedaron en silencio un instante, el silencio se agradecía, no resultaba incómodo, sino todo lo contrario.
—Te has ido de casa —dijo Matías, sin mirarlo directamente. No lo preguntó. Lo afirmó.
Lucas abrió los labios, dispuesto a negarlo… pero no pudo.
—Sí —admitió—. Necesitaba pensar. Demasiada presión. Demasiado… todo.
Alicia levantó la mirada, con un gesto que no era lástima, sino reconocimiento.
—El ruido molesta mucho más de lo que parece —dijo ella—. Y más cuando viene de quienes queremos. Lucas apenas pudo contestar:
—Supongo.
Matías apoyó el termo en el banco.
—Aquí nadie tiene que justificar nada —añadió—. Venís porque necesitáis estar, no porque tengáis que explicaros. Alicia asintió, casi agradecida de escucharlo en voz alta. Lucas con la mirada perdida en el paisaje, sintió por primera vez en mucho tiempo que no estaba fallando a nadie por estar donde estaba.
—Si queréis hablar, bien —dijo Matías—. Si queréis callar, también. El árbol está acostumbrado a las dos cosas.
Alicia sonrió. Lucas soltó un suspiro que llevaba días guardando, así empezó todo: sin grandes frases, sin revelaciones, sin épica; tres desconocidos y un árbol, tres vidas cansadas buscando un respiro. Una situación sencilla que, sin saberlo, ya estaba cambiándolos a los tres.
Despertar y cambio de vida: historias de honestidad emocional y la búsqueda de la individuación
Alicia — Una Mañana en Sallent de Gállego
Alicia se despertó antes de que sonara la alarma. Miró el techo unos segundos, con esa sensación rara de no saber muy bien dónde estás. El silencio de la habitación era tan distinto al de su piso en Madrid que, por un momento, se sintió suspendida en el aire.
Se incorporó despacio. Le dolían los hombros, parecía como si hubiera cargado con el mundo entero durante toda la noche, pensó: Quizá sí.
Se preparó un café con la cafetera pequeña que había en la pensión y lo tomó mirando por la ventana: el embalse estaba en calma, como un espejo inmenso.
Respiró. Se sentía un poco mejor que el día anterior.
A media mañana decidió salir en coche. No tenía un plan concreto; solo sabía que necesitaba moverse.
—A Sallent de Gállego voy a llegar —dijo en voz baja, como si necesitara escucharse.
El trayecto fue corto, apenas diez minutos por una carretera que serpenteaba entre montañas verdes. Sallent apareció como un cuadro: casas de piedra, flores en los balcones, un puente medieval cruzando el río Aguas Limpias y una plaza que recogía casi toda la vida del pueblo.
Alicia aparcó cerca de la entrada y empezó a caminar sin rumbo. Le gustó eso: caminar sin tener que llegar a ningún sitio.
Entró en una panadería pequeña. El olor del horno cociendo el pan le produjo un nudo en el estómago, le transportaba a la época inocente de la infancia, cuando ayudaba a su abuela en las mañanas del verano poniendo la masa de pan en el horno de leña…
—Buenos días, ¿qué le pongo? —Le preguntó la panadera. Se llevó una pequeña hogaza y una napolitana que se comió casi entera en la puerta, apoyada en la pared, mirando cómo la gente hacía su vida sin prisa.
—Hace buen día, ¿eh? —comentó una señora que salía con una bolsa.
Alicia asintió y sonrió.
—Sí. Se agradece.
—Aquí limpia uno la cabeza sin querer —añadió la mujer antes de marcharse.
Era verdad. No lo decía por decir, porque Alicia así lo sentía, ella no era la misma que días atrás había llegado a Lanuza.
Seguía caminando cuando vio la Casa de la Cultura “Antonio Ramón”. No tenía intención de entrar, pero algo —una mezcla de curiosidad y necesidad de detenerse en algún sitio— la empujó. En el interior había una pequeña exposición de fotografías antiguas del valle: calles cubiertas de nieve, fiestas de verano, retratos en blanco y negro de pastores y familias enteras posando delante de sus casas.
Alicia se quedó un buen rato mirando una imagen concreta: una mujer joven, con un pañuelo atado a la cabeza, cargando una cesta enorme de ropa junto al río.
Tenía la misma expresión que ella había visto en su propio reflejo demasiadas veces:
”fuerza, cansancio, y ese gesto de estar sosteniendo demasiado sin saber cómo soltarlo”.
Sintió un nudo en la garganta y no era de tristeza precisamente, sino de reconocimiento.
Salió de la Casa de la Cultura y cruzó el puente. El sonido del agua bajo sus pies tenía algo hipnótico. Se apoyó en la barandilla un momento, dejando su mirada perdida en el correr de las aguas del río.
No era infeliz.
No tenía una vida mala.
Pero llevaba tiempo viviendo en automático.
El trabajo la había devorado por dentro casi sin darse cuenta. Desde que se licenció en Marketing no había dejado de ascender, de demostrar, de rendir, de conseguir; todos sus logros eran materiales. Era buena, muy buena… pero ya no le hacía feliz. Mientras conseguía sus logros, había perdido toda la riqueza interior que tenía en su infancia y adolescencia. La presión, los cambios constantes con la IA, los pases de última hora, los informes eternos. Estaba agotada.
Y luego estaba él.
Guille. Compañero del curso de diseño con IA.
El hombre que nunca pensó que le tocaría el alma, pero lo había hecho con una calma inesperada. Con su forma serena de hablar, de mirar, de darle espacio sin exigirle nada.
Pensar en él le reconfortaba, y algo revoloteaba en su interior, algo que todavía no podía ponerle nombre.
Alicia suspiró y volvió al coche.
De camino a Lanuza paró en un pequeño mirador donde se veía el valle entero. Se sentó en el capó, con la bolsa de pan a un lado, y dejó que el aire fresco de la montaña le despeinara la cabeza y, también los pensamientos.
No sacó conclusiones, tampoco tomó decisiones, solamente respiró, que ya era bastante.
Cuando el sol empezó a bajar, regresó a la pensión. Se duchó tranquilamente, se puso ropa cómoda, se recogió el pelo en un moño informal, le caían los mechones rizados perfilando su rostro.
Miró la hora, comenzaba el atardecer, cogió la libreta, salió en silencio y caminó hacia el roble.
Sin saberlo, Lucas estaba haciendo lo mismo desde el otro lado del pueblo. Matías, sentado en su banco de piedra, ya los esperaba.
La Rutina del Roble
Los días empezaron a encajar en una especie de rutina agradable. Nada se había pactado, pero funcionaba: mañanas para cada uno, tardes para el roble, noches para intentar dormir.
Alicia se levantaba temprano, sin alarma.
No sabía si era el silencio, el aire frío o, tal vez, que por primera vez en meses podía desayunar sin mirar el móvil, pero sentía algo parecido a un alivio.
Aun así, la inquietud aparecía en cuanto se quedaba sola. Ese pellizco en el pecho que decía:
“¿Y si te equivocas? ¿Y si tiras por tierra todo lo construido?”
Era un miedo insistente, silencioso y humano. El temor a equivocarse y fracasar.
Caminaba hasta el embalse, se sentaba en un muro de piedra y abría su libreta.
A veces escribía dos palabras; otras, diez líneas.
—¿Si no soy lo que pensaba?
—¿Dejar el trabajo es un error?
—¿Quizás el problema no es la empresa, sino yo?
—¿El motivo puede ser que nunca encuentre mi sitio?
El lápiz temblaba, pero seguía escribiendo.
Más de una mañana tuvo que detenerse porque las lágrimas le nublaban las letras. Lloraba silenciosamente, queriendo, por fin, soltar un peso que llevaba demasiado tiempo arrastrando… Después respiraba, y continuaba.
A veces, cuando la angustia subía, cogía el coche y se iba hasta Sallent de Gállego. Entraba en una tiendecita de artesanía, tocaba las bufandas tejidas a mano, miraba los cuencos de barro, y dejaba que la sencillez del lugar le bajara las pulsaciones.
Esas imágenes, la vida tranquila de la gente del valle, la frenaron.
Sintió que la vida que quería no estaba en su despacho de Madrid.
Pero el miedo seguía allí, sentado en el hombro contrario. Y esa contradicción la rompía por dentro.
Lucas aprovechó la primera mañana para hacer una ruta hasta Escarrilla.
Se preparó dos bocadillos con pan recién hecho y un poco de embutido que compró en una tienda donde aún olía a serrín y conversación lenta.
Caminó rápido al principio, como si aún llevara restos de la discusión en la sangre. Luego aflojó.
El paisaje obligaba a bajar el ritmo: prados, vacas, una fila de montañas que parecían querer abrazarlo.
En un descanso se sentó sobre una roca plana, abrió el cuaderno y, sin pensarlo demasiado, garabateó su nombre varias veces. Después escribió: “Tengo miedo de decepcionar a todos, pero más miedo me da seguir viviendo una vida que no siento.”
Lo leyó tres veces. Era la primera vez que se atrevía a admitirlo.
Siguió caminando. En el camino de regreso, el sol le daba en la cara y sintió una sensación de nostalgia extraña; parecía que estuviese desprendiéndose de una parte de él con la que nunca había estado satisfecho y tampoco entendió demasiado bien.
Por las noches, acostado en la cama, veía la mirada de su madre cuando él dijo en voz alta que no continuaría con la carrera de medicina. Esa mezcla de sorpresa, decepción y miedo le taladraba el pecho.
No les había dicho dónde estaba. Les envió un mensaje corto:
«Estoy bien. Necesito pensar. Volveré en unos días»
Aunque sabía que sus padres estarían preocupados, también sabía que, si no tomaba esa distancia ahora, nunca lo haría. Y lo peor de todo: su decisión jamás sería acertada.
Matías seguía igual que siempre… y, sin embargo, no estaba igual.
Quien lo mirara de lejos vería al mismo hombre tranquilo, sentado en el banco de piedra, leyendo o simplemente mirando el agua.
Pero por dentro algo se había despertado, no podía decir que fuese de forma dolorosa, pero sí era una sensación cálida de compañía inesperada.
Llevaba años viendo pasar gente. Turistas, senderistas, curiosos.
Pero hacía mucho tiempo que no veía a dos personas volver al mismo sitio varios días seguidos—y quedarse.
Matías no hablaba de su vida. Tenía heridas viejas y silencios, largos para contar, bastante más que las conversaciones que se permitía. Cuando veía a Alicia escribiendo, a Lucas dibujando, sentía un nudo en la garganta, no duraba mucho, pero la sensación la conocía bien. Cogía aire del Moncayo y respiraba hasta llenar sus pulmones. Sus montañas le recordaban que aún quedaba vida para comenzar algo nuevo.
Los Encuentros
Al caer la tarde, los tres aparecían uno tras otros bajo el roble, sin necesidad de haber programado una cita el día anterior. Alicia llegaba con su libreta, Lucas llegaba con los cascos escuchando su música preferida. Cuando se sentaba y apoyaba su espalda en el viejo tronco, los colocaba en el cuello. Matías, con un termo que olía a café recién hecho con cardamomo y canela; no siempre hablaban, cada uno hacía y decía lo que necesitaba expresar.
A veces Alicia empezaba a llorar sin aviso y decía:
—Perdonad… no sé qué me pasa.
—Pues ya está —respondía Matías—. Si tienes que llorar, lloras.
Lucas asentía, casi siempre en silencio, reconocía el dolor de Alicia como el suyo propio.
Otras veces era Lucas quien apretaba las manos, nervioso.
—Tengo miedo —admitió un día—. Mucho.
—Claro que tienes miedo —dijo Matías—. ¿Quién no lo tiene cuando empieza algo nuevo y de verdad?
Alicia lo miró con una ternura que no había mostrado en meses.
Otra tarde Alicia confesó algo que llevaba arrastrando desde hacía años:
—Me da terror lanzarme a la vida haciendo algo nuevo y diferente, romper la comodidad de mi rutina, dejar el trabajo de tantos años para el que me formé y comenzar de cero.
—Lo cómodo también cansa —susurró Matías—. Solo que cuesta más admitirlo.
Lucas levantó la cabeza.
—¿Y si se equivocan?
—¿Quién?
—Los demás.
—Pues que se equivoquen —contestó Matías—. No es tu responsabilidad corregir las opiniones ajenas. Bastante tienes con la tuya.
Los tres rieron por primera vez. Su risa no era sonora ni explosiva: era pequeña, pero auténtica, como el sonido calmado de las aguas del embalse.
Hubo una tarde en la que nadie tenía fuerzas para hablar.
Alicia apoyó la espalda en el tronco.
Lucas estiró las piernas en la hierba.
Matías cerró los ojos.
Y ahí, sin palabras, cada uno reconoció algo que no quería reconocer:
Que estaban más rotos de lo que admitían.
Que, por primera vez en mucho tiempo, no estaban solos.
Que el miedo, compartido, pesa menos.
El aire fresco de las montañas parecía ordenarles el alma y las ideas. Un pensamiento compartido, aunque nadie lo dijo:
«Tengo miedo de volver atrás. Pero aún más miedo de seguir donde estaba.»
Los días avanzaron así, sin milagros, sin revelaciones exageradas; cada día sentían que en ellos se abrían pequeñas grietas por donde empezaba a entrar la luz de la esperanza.
Sentían que algo se estaba moviendo por dentro, las primeras piezas del puzle de sus vidas comenzaban a recolocarse ellas solas, faltaban todas las piezas por colocar, pero era un comienzo, una ilusión y la certeza de un día que nunca olvidarían.
El día había sido largo, horas interminables con sensación de pesadez. Deseaban que llegasen las horas del atardecer.
La noche de las tres hojas
Alicia pasó su mañana conociendo Lanuza. El día anterior había visitado “El Bosque encantado” de hayas y robles. Decidió pasear por sus calles empedradas, las casas de piedra y tejados de pizarra; un pueblo que bien parecía haber salido de un cuento infantil. Continuó caminando hasta lo alto del caserío por sus calles empedradas. Entró a visitar la Iglesia San Salvador. Al salir sacó su móvil y fotografió las maravillosas vistas del valle. Cuando vio el embalse le pidió a un turista que le sacase una fotografía con el embalse y el roble centenario donde ella apoyaba su espalda cada atardecer. Lanuza había cambiado su vida y deseaba inmortalizarlo en aquella imagen
—Thank you for the photos —dijo Alicia—. They’re just what I needed.
—You’re welcome. I hope you like them. Do you need any other photos? I’d be happy to provide them.
—No, that’s fine, thank you.
Lucas regresó de una caminata corta por el sendero que va hacia Sallent, pensando más de lo que admitía. Y Matías… había pasado una mañana de pesca, con una sensación de inquietud sin razón aparente.
El cielo anunciaba que venía una noche limpia, estrellada, de esas que parece que si alargas la mano puedes coger una del cielo de lo cerca que parecen estar de nosotros.
A eso de las nueve, cuando la luz empezaba a bajar, cada uno recibió un WhatsApp que no esperaban.
El Regalo del Guardián: La Noche en que el Miedo se Compartió y Nació la Esperanza
El mensaje para Alicia
Alicia estaba cambiándose la camiseta cuando el móvil vibró. Era Guille. Un simple:
«¿Estás bien? Te echo de menos en clase.»
Ella se quedó un segundo mirando la pantalla, dudando. Hacía semanas que no hablaban. Él siempre había sido un compañero amable, atento, con una sensibilidad que ella admiraba. En las últimas prácticas de diseño, él había sido la primera persona que leyó entre líneas que ella estaba agotada.
Alicia respiró, sintió un cosquilleo en el estómago y respondió:
«Estoy fuera unos días. Necesitaba parar. Gracias por preguntar.»
La respuesta llegó en menos de un minuto:
«Cuando quieras, hablamos. Y si necesitas que te escuche, solo dímelo. Sin juicio. Sin prisa.»
Esa frase, tan sencilla, tan honesta, le gustó y la tranquilizó. Dejo el móvil, se sentó en la cama y, por un instante, sintió que la vida quizá aún podía regalarle algo bueno… aunque ella no supiera cómo recibirlo. Guardó el teléfono en el bolsillo y salió hacia el roble. Tenía un nudo en la garganta y a la vez un hilo de esperanza.
El mensaje para Lucas
Lucas estaba dejando la mochila sobre la silla cuando también escuchó el sonido del móvil. Vio el nombre de su padre en la pantalla. El corazón se le aceleró. Abrió el mensaje temiendo una reprimenda:
«Hijo, hemos hablado mucho esta tarde tu madre y yo.
Tienes razón: no podemos vivir tu vida por ti, nos costó entenderlo.
A tus abuelos también les costó cuando nosotros elegimos nuestro camino.
Haz lo que de verdad quieras, lo más importante para nosotros es tu felicidad.
Te queremos campeón.
Vuelve cuando estés preparado.»
Lucas se apoyó en la pared, notó un temblor en las piernas, mezcla del cansancio de la caminata y la emoción del WhatsApp de sus padres. Le cayeron dos lagrimones por la mejilla; necesitaba descargar tanta tensión y aliviar la angustia que había llevado durante tanto tiempo.
Era la primera vez que sus padres lo trataban como un adulto y no como un proyecto que supervisar para que saliese según sus ideas. Lucas respondió solo dos palabras:
“Gracias. Os quiero.”
Envió el mensaje. Ya no sentía miedo ni al presente ni a lo que viniera después. Se sentía esperanzado, con ilusión y ganas de abrazar a sus padres. No lo dudó, se terminó de arreglar y salió camino al embalse con la esperanza de encontrar a sus compañeros de tertulia. Su caminar era lento, observando todos y cada uno de los detalles. Quería memorizar el recorrido.
Él no era el mismo chico que llegó a Lanuza. Hoy se sentía con sus ideas claras y una quietud interna que a él mismo le impresionaba, ya que nunca había sentido ese equilibrio del que tanto hablaban sus padres. Ahora sí estaba preparado para tomar una decisión coherente y acertada para su futuro personal y laboral.
El Guardián esperando
Matías ya estaba allí; el roble parecía más grande esa noche, proyectaba una sombra impresionante, como si la luna quisiera subrayarlo.
El anciano vio llegar primero a Alicia, luego a Lucas. Como era su costumbre, saludó: —¡Hola, chicos! —haciendo un gesto suave con la cabeza.
Ellos respondieron con un sencillo: —Hola, qué tal Matías.
No hubo preguntas por parte de ninguno de los tres. Solo hizo un gesto suave con la cabeza, como si ya supiera que algo había sucedido.
Se sentaron en silencio, no dijeron nada, sencillamente no hacía falta.
El aire estaba fresco, casi frío, no molestaba, pero Alicia se puso su cortavientos. Matías y Lucas estaban con una camiseta de algodón, la frescura del viento nocturno no les molestaba, les resultaba agradable.
El embalse reflejaba la luna con un cielo empedrado de estrellas, parecía que estaban mirando a través de un espejo viejo. La noche tenía ese silencio especial que te mira por dentro.
Matías apoyó las manos sobre la tierra, en señal de agradecimiento a la vida, como si tocase algo sagrado, comentando:
—Hay noches —dijo— en las que la vida decide moverse. Aunque uno crea que está quieta.
Alicia bajó la mirada hacia su libreta cerrada. Lucas recordó el mensaje de sus padres y respiró tranquilo. Matías miró las aguas del embalse que reflejaban la grandiosidad del paisaje, despacio subió la mirada hacía las cumbres Pirinaicas. Estaban en un lugar privilegiado de la naturaleza, donde parecía que el tiempo no existía y todo quedaba suspendido. Él era un gran observador de la naturaleza y de la vida. Matías tomó aire y lo expulsó poco a poco, al igual que se hace cuando uno comienza la meditación.
Las ramas del roble se movieron levemente por la brisa; se escuchó un susurro del viento al agitar las hojas. Tres de ellas cayeron, cada una por un camino distinto.
Una cayó en el cuaderno de Alicia, la segunda rozó la frente de Lucas antes de caer suavemente en la hierba, la tercera aterrizó en el hombro de Matías; ninguno de los tres pronunció ni una sola palabra.
Alicia acarició la hoja con los dedos, y sintió la necesidad de guardarla entre las páginas del cuaderno. Cuando lo cerró, llevando la hoja del roble entre las páginas se sintió bien, un calor agradable recorrió su espalda, despacio, se apoyó en el tronco.
Lucas cogió la hoja que le había rozado la frente antes de caer en la hierba, era verde y brillaba como si estuviese encerada, la miró y decidió guardarla en su mochila. Al igual que Alicia sintió la necesidad de conservar esa hoja.
Matías cerró los ojos, sabía escuchar un mensaje antiguo. Entendía el idioma de la naturaleza.
—El roble no da avisos —murmuró—. Solo oportunidades.
Alicia mantuvo el cuaderno entre sus manos, siendo consciente de su propia transformación.
Lucas la observó como si llevara una respuesta que aún no sabía interpretar.
Matías, con los ojos entrecerrados, añadió:
—Cuando una hoja cae así… es porque algo dentro de vosotros se ha transformado y vosotros ya tenéis la decisión tomada. Aunque aún no la hayáis dicho en voz alta.
Alicia tragó saliva, Lucas miró a Matías con agradecimiento.
El roble quedó quieto, como un testigo silencioso.
La noche estaba llena, pero no pesaba, porque, sin saberlo, los tres acababan de cruzar un umbral:
«El que separa una vida que se aguanta… de una vida que empieza a vivirse»
Un nuevo comienzo
Alicia
La mañana siguiente amaneció clara, fresca, casi nueva.
El Valle de Tena tenía esa luz que parece lavarlo todo: el aire, la tierra… y a veces también el alma.
Alicia salió de la pensión despacio, con una calma que no recordaba haber sentido en meses. El café le sabía distinto, más aromático y sabroso; el desayuno era el mismo, pero algo dentro de ella sí había cambiado.
Caminó hasta el embalse y se quedó mirando el agua. Se veía como un espejo de aguas turquesas rodeado de cumbres y bosques. Muy despacio, sin querer alterar el entorno, sacó el móvil e inmortalizó ese instante que había vivido.
Se dio cuenta de que había recibido un WhatsApp de Guille:
«Cuando vuelvas, si quieres, te invito a un café sin prisa.
Solo para charlar, extraño nuestras conversaciones y tus gestos cuando algo te sale mal en clase.»
Alicia sonrió cálidamente. Le gustó saber que Guille le echaba de menos porque ella había descubierto lo importante que comenzaba a ser en su vida. Sin esfuerzo. Respondió:
«Me parece genial, yo también comienzo a echarte de menos.
Estoy deseando contarte mi experiencia. Guille, gracias por saber estar ahí.»
Guardó el móvil y siguió mirando el horizonte. Por primera vez en mucho tiempo, no sintió que necesitara correr hacia nada. Tampoco alejarse de algo. Simplemente… estaba.
Lucas
Se despertó antes de que sonara la alarma, no sabía si era por costumbre o porque había desaparecido el peso interno que soportaba antes de llegar a Lanuza. Se preparó un café rápido y abrió el mensaje de sus padres de la noche anterior. Lo leyó otra vez. Esta vez sin rabia, sin desconfianza; sentía un alivio maravilloso.
Luego abrió otra carpeta del móvil: la admisión provisional en su nueva carrera y sonrió. Sintió vértigo, sí, pero también ilusión, una palabra tan nueva para él como el futuro que empezaba a dibujarse.
Se vistió, se puso la chaqueta ligera y caminó hacia el roble. Notaba el cuerpo cansado de tantas emociones juntas, pero la mente… ¡la mente estaba despierta por fin!
Matías
Ya estaba allí. Más temprano que de costumbre.
El anciano tenía entre las manos su propia hoja, la que había caído sobre su hombro la noche anterior. La acariciaba con un respeto silencioso.
Parecía otra persona: más alto, más sereno, más él.
Cuando vio llegar a Alicia y Lucas, sonrió como quien ve volver a dos hijos sin haberlos tenido nunca.
—Buenas —dijo, con su voz tranquila.
—Buenas, Matías —contestaron al unísono.
Se limitaron a sentarse, observar el paisaje y respirar el aire fresco de la mañana.
Un rato después fue Alicia quien rompió el silencio.
—No sé qué va a ser de mi vida a partir de ahora —confesó—. Pero tengo claro que no quiero volver a vivir corriendo detrás de algo que no siento.
Matías asintió, sin juzgar.
—Saber lo que no quieres ya es una dirección —dijo.
Lucas, sacó la hoja que había guardado la noche anterior en su mochila, añadió:
—Yo tampoco tengo claro nada. Solo sé que… no quiero seguir viviendo la vida que otros esperan de mí. Anoche mis padres me escribieron. Me sorprendieron. Y me sentí… amado y escuchado.
Alicia lo miró con cariño.
—Esa emoción… no se olvida, se queda grabada para siempre —dijo.
Matías apoyó las manos en la tierra. Sus dedos envejecidos parecían hablar con las raíces.
—La vida es cambio —murmuró—. Y aunque duela, es un regalo. El árbol os ha dado una hoja porque estáis listos para veros de verdad. Para reconoceros. Para elegir.
—¿Elegir qué? —preguntó Lucas.
El anciano sonrió.
—Elegir vivir, muchacho. A tu manera. No hay sabiduría más grande que esa.
Un adiós sin despedida.
Compartieron un rato largo allí, sin prisa, hablando a ratos, callando otros. Sin dramatismos y sin frases grandilocuentes; cuando llegó la hora, se pusieron en pie casi al mismo tiempo, Alicia guardó su hoja dentro de la libreta, Lucas la colocó en la primera página del cuaderno donde ese verano había empezado a dibujar sin miedo y la guardó en la mochila. Matías guardó la suya en el bolsillo interior de la chaqueta, con un gesto lento, casi ritual. Nadie quería irse, pero ninguno tenía miedo de hacerlo.
Alicia miró el roble por última vez antes de marcharse.
—Gracias —susurró, aunque no sabía si se lo decía al árbol, a Matías, o a sí misma.
Lucas tensó la mandíbula para aguantar el nudo en su garganta.
—Nos vemos —le dijo a Matías.
—Cuando toque —respondió él—. Los caminos que son verdad siempre vuelven.
Se abrazaron despacio, con un sentimiento profundo. Fue un abrazo sin despedida, uno que decía:
«Hasta luego. Gracias por haber estado.»
Alicia caminó hacia su coche, Lucas hacia la casa rural para recoger lo poco que le quedaba de equipaje.
Matías se quedó allí, bajo sus ramas, mirando cómo se alejaban.
El anciano apoyó su mano en el tronco.
—Cuídalos —susurró al roble—. Ya han empezado.
El viento movió apenas una rama, parecía una respuesta sin palabras, un gesto de confirmación.
Matías sonrió. Por primera vez en muchos años, se sintió profundamente acompañado, incluso estando solo.
En este mundo de tanto ruido…
Gracias por regalarte el silencio necesario para respirar el alma de esta historia. A veces, solo necesitamos saber que no estamos solos en el cansancio.

