Ilustración abstracta de un ojo con lágrima, rodeado de líneas y formas en tonos beige, naranja y morado, con firma del autor en la esquina inferior izquierda.

Hay viajes que comienzan antes de mover los pies


La ventanilla 14A

Solo tuvieron un hijo. Un único milagro.

Daniel medía 1,86; moreno de piel y de cabello, era de esos hombres que no necesitan hablar para quedarse en la memoria. Mirada profunda, casi hipnótica: cuando sus ojos oscuros se cruzaban con los tuyos, parecía leerte sin esfuerzo. Había en él una serenidad magnética, mezcla de inteligencia emocional y nobleza.

Con los estudios superiores completados y una carrera brillante como ingeniero informático, en su campo lo consideraban una joya. La creatividad lo distinguía; por eso lo fichó una multinacional. Desde hacía años mantenía un acuerdo de teletrabajo desde su casa del Aljarafe sevillano —hogar que compartía con Clara, su novia de siempre—, con una excepción: un viaje anual de dos semanas a la sede central en Nueva York.

Clara, su pareja desde el instituto, también había alcanzado sus metas. Aprobó unas oposiciones exigentes y, por nota, eligió destino en Sevilla. Dieron un paso más: compraron una casa en el Aljarafe y fueron levantando un hogar a su medida. Ella trabajaba en la Administración con horario estable y dedicaba buena parte del tiempo libre a sus redes, donde publicaba con constancia.

La fecha ya estaba fijada para el próximo año. Clara soñaba una ceremonia fastuosa, de reportaje: muchos invitados, restaurantes de moda y una producción pensada para brillar en pantalla. Daniel prefería algo íntimo. No por falta de recursos —ambos tenían una economía sólida—, sino por convicción: casarse arropados por los suyos, sin apariencias.

Aquella diferencia abrió una grieta. Él apenas usaba redes —algún pódcast, alguna reflexión en LinkedIn—; ella estaba en todas: Instagram, TikTok, Facebook, X, YouTube. Si un día no publicaba, lo vivía como una pérdida: «Hoy he perdido mogollón de seguidores», decía con el ceño fruncido. Al principio a Daniel le hacía gracia; últimamente, le pesaba demasiado.

Febrero de 2026. Martes, 17. Ese día, Daniel inició su viaje anual a Nueva York.



Camino a Santa Justa

El cielo amaneció cubierto: nubes densas, grises como el ánimo dentro del coche. Llovizna fina contra los cristales; los limpiaparabrisas marcaban, con su vaivén, el pulso de una conversación pendiente… y tensa.

Clara conducía con gesto serio, mandíbula apretada, la mirada fija en la carretera. Daniel, en el asiento del copiloto, miraba el paisaje desdibujado tras la ventanilla, sin atreverse a romper el hielo.

—Te lo digo en serio —soltó Clara, sin apartar la vista—. Si sigues en ese plan, no habrá boda. Y punto.

No alzó la voz, pero la frase sonó como un portazo. Daniel la miró. Estaba guapa incluso enfadada… Años atrás, aquel gesto desafiante le hubiera parecido adorable; hoy dolía.

No contestó. Volvió a la ventanilla. La ciudad seguía sin enterarse del nudo en su estómago.

Llovía. Día feo, húmedo, frío. No era el mejor momento para irse, y menos así.
—Ojalá estuviésemos bajo el edredón, compartiendo el calor y la complicidad de un abrazo, con calma, sin tiempo; poder besarla despacio, quedarme a su lado sintiendo su latido. —La amaba intensamente.

Clara estaba obsesionada con publicar toda la ceremonia; ahora le importaba más un menú, un restaurante de moda... En definitiva, conseguir seguidores. Y, sin embargo, ahí estaban.

—No sé qué te cuesta —continuó Clara—. No es solo la boda; es hacer las cosas bien. ¿Sabes cuántas visualizaciones puede tener un vídeo si grabamos en ese restaurante? Es una inversión, no un capricho.

Daniel suspiró. No por ella; por la distancia que crecía entre lo que eran y lo que soñaban.

—Lo sé, mi niña… Pero a veces siento que perdemos lo esencial —dijo suave—. No quiero que ese día sea una estrategia. Quiero que sea nuestro. Para recordarlo por lo que sentimos, no una fachada para hacer negocio o conseguir suscriptores.

El silencio volvió, denso como el aire antes de la tormenta.

En Santa Justa aparcaron sin prisa; aún tenían margen. Treinta minutos.

—¿Tomamos un café? —propuso Daniel, con una sonrisa tímida. Buscaba una tregua; quería despedirse bien.

—No puedo —dijo Clara—. Tengo que pasar por la oficina a por un expediente y luego ir directa al juzgado. Me espera un día complicado.

Él quiso abrazarla; se contuvo. Le acarició la mejilla. Ella notó la ternura, pero no mostró entusiasmo; lo dejó hacer.

—Mírame… —pidió Daniel, con los ojos húmedos—. Déjame llevarme tus ojos grabados para estas dos semanas. Solo eso.

Ella giró la cabeza; gesto más mecánico que emotivo.

—No digas tonterías. Ya hablaremos a la vuelta. Piensa en lo que te he dicho: la decoración será más cara, sí, pero impactará en fotos y vídeos. Es lo que toca. No seas antiguo, Dani.

Él tragó saliva. La besó con un roce breve; despedida sin fuego. Clara lo abrazó como una rutina. Quiso dejar claro que estaba molesta; no podía saber que sería la última vez.

—Cuídate —dijo, y bajó del coche.

—Lo hablamos a tu regreso —repitió desde la acera, como si esas palabras pudieran garantizar algo.

Asintió. Con mezcla de tristeza y resignación, tomó la maleta y caminó hacia la estación. La lluvia seguía. En su cabeza, un mantra:

Lo importante es el amor. Todo lo demás pasa.



Hotel Mediodía, Madrid. Martes, 17 de febrero de 2026, 21:43 h

Cerró la puerta. El clic sonó más de la cuenta. Dejó la maleta, se quitó la chaqueta empapada y se sentó en el borde de la cama. El cansancio no era físico.

Encendió el aplique de lectura. No tenía hambre ni sueño; solo la necesidad de oír su voz. Tomó el móvil, buscó su nombre y llamó.

—¿Hola? —respondió Clara, tono neutro en la voz.

—Ya en el hotel, mi niña. Todo bien.

—Vale. Me alegro.

—¿En casa?

—Sí. Por la mañana tuve el juicio y luego reunión con la delegada. Intensa. Vamos con retraso y habrá que ponerse las pilas. Ahora estoy repasando el de mañana; se prevé complicado y dudo que la otra parte quiera acuerdo.

Él dudó. Quiso decirle que ya la estaba echando de menos, pero le pareció inoportuno.

—Cada año me cuesta más este viaje —se atrevió—. Me gusta el trabajo, pero no sé si compensa estar lejos de ti tanto tiempo. No así.

—No digas tonterías —cortó—. Gracias a ese trabajo mantenemos este nivel de vida. Podemos viajar, salir, tener lo que queremos. Lo sabes, ¿verdad?

—Sí… Lo sé —dijo Daniel. Su respuesta le hizo sentir decepcionado—. Pero cada vez me pesa más. Te echo de menos. Y duele.

Clara suspiró, cansada.

—Mañana madrugas. Por favor, cariño, descansa.

Aquella palabra —cariño— le llenó el alma. De haber estado a su lado, le habría dado un abrazo interminable, de esos que te envuelven en la tranquilidad de la noche, te abrazan en el suave calor de la cama, disfrutando de una noche maravillosa. Ahora, solo un sueño…

—Lo haré. Pero antes… ¿me das uno de esos besos que me gustan?

Silencio absoluto, breve y revelador.

—Tienes muchos en la memoria, Dani. Coge uno y pulsa “recordar”. —Sonrió, triste.

—Eres tremenda. Te amo tal cual eres, mi niña. Lo sabes, ¿verdad?

—Yo también. Pero a ver si se nota, y dejas de ponerte quisquilloso con la boda.

—Ok… “tranqui”, tonterías mías. Lo hablamos a mi regreso. No estés enfadada, no merece la pena. Estoy cansado del viaje y no dormí bien esta pasada noche, así que me ducho y directo a la cama, tengo sueño.

—Buenas noches. Que tengas buen vuelo —dijo, y colgó.

Daniel se quedó con el móvil en la mano, la mirada perdida. ¿Miedo, presentimiento? No, fue más bien una especie de nostalgia adelantada, como si supiera que aquella conversación fuese la última que tendría con Clara.

Apagó la luz. Buscó ese beso en el recuerdo. Lo encontró y lo guardó celosamente en su memoria.



Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas. Miércoles, 18 de febrero de 2026, 7:25 h

Durmió mal. La ducha lo despejó; le sentó genial. Físicamente se relajó, pero por dentro quedaba una tristeza sutil, leve y persistente. No terminaba de localizar el motivo; él lo achacaba a las diferencias con la planificación de la boda. ¿Sería ese realmente el motivo?
La organización de una boda es estresante y se generan momentos tensos y, en su caso, como tenían opiniones opuestas, con mayor motivo. No quiso darle más importancia y comenzó a vestirse sin prisas.

Recuento rápido: cartera, tarjetas, algo de efectivo, pasaporte, tarjeta de embarque, móvil, tablet, portátil, auriculares, cargadores, lectura. Todo en orden, salvo esa presión sutil en el pecho.

Taxi a las 6:45 h. A las 7:20 h ya estaba en la terminal: maletas rodando, despedidas a medias de alguna que otra pareja, jóvenes con mochila, familias con niños y ejecutivos café en mano. En fin… El mundo estaba en marcha.

Facturó la maleta y, con la mochila (su equipaje de mano), caminó hacia las cintas de seguridad. Mecánica conocida: bandejas, móvil, cartera, llaves; otra para el cinturón y los zapatos; la mochila, a la cinta. Cruzó el arco de seguridad. Sintió una rutina anestésica.
Finalmente, se dirigió a la cafetería: —Un café solo y un croissant, por favor—. No tenía hambre; necesitaba algo caliente, cualquier cosa hubiera sido válida. Se sentó junto al ventanal que daba a las pistas de aterrizaje. Aviones, vehículos, filas interminables de personas subiendo las escalinatas del avión; el conjunto de movimientos que observaba le pareció una coreografía muda, un tanto absurda para alguien que no está inmerso en la escena.

«¿Se habrá despertado?» Escribió un WhatsApp: “Ya en el aeropuerto. Te amo”. Enviar. No obtuvo respuesta.

A las 9:15 h anunciaron la puerta D67 del vuelo. Tenía tiempo, pero prefirió esperar tranquilamente en la puerta de salida. Allí, en los asientos, revistas olvidadas y niños correteando, buscó una zona alejada de la algarabía infantil. Sacó la tablet, conectó los auriculares y puso a Hauser mientras revisaba el correo de la empresa. Tomó nota del contacto que lo llevaría al Hotel W Hoboken. Después abrió el libro que le había regalado Clara por su cumpleaños: “Homo Deus”, de Yuval Noah Harari. El tiempo pasó casi sin darse cuenta, hasta que la megafonía anunció su vuelo: IB6801, Nueva York, salida 11:00 h.
Recogió lo que había sacado de la mochila, pero dejó los auriculares en el cuello y caminó hacia la puerta con el billete, pasaporte y Documento de Identidad.

«Dos semanas. A la vuelta hablamos. Todo irá bien», pensó en la conversación que mantuvieron la noche anterior Clara y él. Nueva llamada a embarque. Respiró profundamente y avanzó con la fila. Había finger. Recorrió el pasillo hasta la puerta del avión. Una auxiliar sonreía y ordenaba el flujo.

—Asiento 14A —dijo. Ventana.

Se sentó y colocó a mano lo necesario. Sin saberlo, estaba entrando en su última escena.

Vuelo IB6801. En algún punto del Atlántico. Miércoles, 18 de febrero de 2026

Junto a la ventanilla, el cielo seguía gris y una lluvia fina barría el asfalto. «Ala a la vista; nubes y agua abajo», calculó. A su lado, un hombre de unos cincuenta lo saludó; devolvió el gesto. El vecino sacó un Murakami. Él, la música: Barry White. Se puso los auriculares. Anuncios de seguridad, modo avión, listas descargadas. Despegue: vibración, motores, presión en el pecho. Respiró profundamente. Lo peor era despegar; en vuelo, todo fluía y se relajaba.

Media hora después, cinturones apagados. Pidió un café —no era fan del café de avión—; prefería mantenerse despierto, pensar y recordar. Sacó el móvil, sin cobertura: la última foto de Clara, medio dormida, taza en mano, sin filtros. «¿Por qué discutimos tanto? ¿Y si la distancia sirve para reencontrarnos?» Fuera, azul intenso arriba y un colchón de nubes grises abajo. Se ajustó la almohada cervical y cerró los ojos.

No supo cuánto tiempo pasó hasta el primer bandazo. Se despertó de golpe. Turbulencias. Noche cerrada al otro lado del cristal. Una auxiliar pasó calmando: —Nada serio, en nada salimos de la zona—. Otra sacudida, más seca. El café le salpicó la mano. Carritos guardados, compartimentos asegurados.
Las caras cambiaron. Una niña apretó su peluche. El vecino de asiento cerró el libro.

—No me gustan estas zonas —murmuró.

Asintió. La preocupación ya tenía forma. El avión cayó unos metros. Gritos, llanto de niños, luces parpadeando. La voz del comandante, forzada, entró por megafonía:

—Soy el comandante. Hemos entrado en una corriente descendente inesperada. Mantengan la calma y permanezcan con el cinturón abroch...

La frase se cortó. El avión se inclinó. Cayeron maletas. Una azafata perdió pie. Oraciones sueltas. Se aferró al reposabrazos. «No hoy, por favor». Bajaron las máscaras. La escena parecía de cine y, sin embargo, estaba pasando.

Miró a su vecino: ojos vidriosos. Le tendió la mano y la apretó. Afuera, nubes negras, jirones de azul. ¿Fuego? Un estallido seco, vibración más intensa.
Perdían altura muy rápido. Se apagaron las señales y un pitido agudo llenó el espacio. Silencio de megafonía. El aire olía a miedo.

—¡Papá! —gritó un niño. —¡Dios mío! —dijo una mujer. —¡Nos vamos a matar! —se oyó desde el fondo.

Después llegó un silencio extraño, como si el miedo se rindiera. Pensó en sus padres, en la cara de Clara al bajarse del coche, en el beso que no llegó. Le dolió más eso que el miedo. El cuerpo sabía que era el principio del fin… el avión se precipitaba sin control al vacío.

Un fogonazo. Un golpe inmenso contra el océano. Gritos, voces pidiendo ayuda. Daniel sintió un dolor que anulaba. No podía moverse. El agua helada entró por el fuselaje y lo ocupó todo. La oscuridad fue cerrando.
Aceptó el final. En la memoria, lo vivido. Después, nada.


Había dormido mal. En su memoria, el regalo de Clara: «El beso más deseado».



Miércoles, 18 de febrero de 2026, 19:02 h. Aljarafe, Sevilla

El reloj del microondas marcaba las 19:02 cuando Clara miró por tercera vez el móvil. Nada. Ni un «ya llegué». Daniel siempre avisaba. Siempre.

Sabía que el vuelo de Madrid a Nueva York duraba unas ocho horas y, aunque la diferencia horaria era de seis menos allí, él solía avisar en cuanto aterrizaba, ya fuera desde la recogida de equipaje, el taxi, o desde el coche del compañero que le recogía en la terminal de llegada. Como todos los años.

Abrió WhatsApp. Última conexión: 10:43 h. El nudo en su garganta la ahogaba.

—Tranquila —se dijo—. Habrá retraso. O no hay red. O…

Encendió la tele para poner ruido. Entonces, la frase que escucho quebró su mundo:

«Última hora. Un avión procedente de Madrid con destino Nueva York ha desaparecido del radar hace unas horas. Se trata del vuelo IB6801. Las autoridades no descartan un accidente».

El mando cayó. El cuerpo también. La sangre se heló en sus venas. Miró la pantalla sin entender, como si hablara otro idioma. IB6801. El vuelo de Daniel.

Llamó a Mercedes, la madre de Daniel.

—¿Ha llamado? ¿Os ha dicho si ha llegado?

—No, hija… Pensábamos que nos lo dirías tú. Él siempre avisa… ¿no lo ha hecho?

—No —consiguió decir—. No hay rastro.

Quedó en avisar cuando obtuviera noticias, pesó un silencio de plomo.

Empezaron las llamadas: ministerios, aerolínea, embajada. La pasaban de un departamento a otro; todos educados y vacíos. Nadie confirmaba, nadie negaba. Ese silencio dolía más que cualquier respuesta. Llamó a su amiga y compañera: se conocieron estudiando la oposición, vivían cerca y ambas tenían las llaves de sus respectivas casas.

—Raquel, encárgate mañana de lo mío en el juzgado —le dijo entre sollozos—. No puedo.

—No te preocupes, voy para allá, estaré a tu lado. Lo que necesites, Clara.

Pasaron horas. Móvil en la mano. El alma en un hilo, la esperanza de que alguien llamase para decir "Dani está bien", de escuchar su voz…

A las 22:16 h sonó un número largo, oficial.

—¿Clara? —dijo una voz—. Le habla Javier Sánchez, del Ministerio de Asuntos Exteriores. Lamentamos informarle que hemos recibido confirmación de la NTSB y de la aerolínea. El vuelo IB6801 ha sufrido un accidente en el Atlántico. Sentimos comunicarle que no hay supervivientes. Se pondrán en contacto desde el consulado; los familiares más cercanos, y usted, estarán acompañados durante todo el proceso.

Para Clara, el mundo había dejado de existir.

—No… —susurró.

Se activó el protocolo como una máquina: asistencia psicológica, consulado, trámites. Ella ya no oía. Colgó. El teléfono cayó. Se abrazó las rodillas.

Daniel no volvería. No más besos. No más domingos en abrazos interminables… No más nada.

Cuando Raquel llegó, la encontró en el suelo, abrazada a una camiseta de él. Aún olía a su perfume, “Tom Ford”. Ese aroma estaba grabado en su memoria para siempre. Raquel abrazó a Clara, no era necesario hablar.

«Cuando el amor se rompe, solo queda sostener.»

Jueves, 19 de febrero de 2026, 08:11 h. Aljarafe, Sevilla

Amaneció. Clara permanecía en la oscuridad más absoluta. Le dolía todo, como si hubiera caído del cielo con él.

Raquel dormía en el sillón con el móvil en la mano, por si sonaba. No la dejó sola.

El café se enfrió en la mesa. Clara miró el vapor disiparse: así sentía la vida ahora.

—¿Cómo estás? —preguntó Raquel.

Negó con la cabeza. Raquel la abrazó por detrás. Ese silencio la acompañó más que cualquier frase.

—Me llamará una psicóloga de la embajada —murmuró—. Lucía Duarte.

A las 08:37 h sonó el fijo. Raquel le cogió la mano.

—¿Clara? —dijo una voz cálida—. Soy Lucía Duarte, psicóloga clínica. No hay guion para esto —comenzó diciendo—. Solo presencia, apoyo y tiempo.

Clara quiso respirar profundamente. No pudo; el aire dolía.

—No sé si estoy viva —consiguió decir—. Siento que me faltan piezas. ¿Es normal?

—Más que normal —respondió Lucía—. Es humano, Clara. La pérdida es muy grande: no solo has perdido a tu prometido, sino también un futuro, una rutina, un hogar con forma de abrazo. Has perdido parte de ti misma.

Las palabras que escuchaba le rompieron algo por dentro. Clara lloró con el alma. ¡Con las entrañas!

—No sé si voy a poder —dijo—. Estoy sola. Mis padres ya no están. Daniel… era todo para mí, era el amor de mi vida.

—Y aun así estás aquí, hablando conmigo y sintiéndolo —dijo Lucía—. Eso ya es fortaleza. No se trata de poder sola: se trata de acompañarte mientras encuentras ese lugar dentro de ti que te permita seguir viviendo incluso con el dolor de la pérdida, para que puedas comenzar un nuevo camino.

Clara cerró los ojos, sus lágrimas caían por su rostro sin poder controlarlas.

—¿Las sesiones pueden ser físicas? Por favor.

—Por supuesto. Hoy empezamos online. Cuando quieras, presencial. Lo importante es que no estás sola. El dolor no se evita; es bueno y necesario que lo vivas, pero no que permanezcas en él. Tienes que atravesar este camino, es duro, muy duro; pero no tienes por qué atravesarlo sin compañía. No estás sola —le repitió nuevamente Lucía.

—Gracias —susurró—. Gracias por no decirme “sé fuerte”. Hoy no quiero serlo.

—Hoy no —confirmó Lucía—. Y está bien.

Colgaron. Por primera vez, Clara pudo respirar un poco más profundo.



Domingo, 22 de febrero de 2026, 10:03 h

Han pasado tres días desde la confirmación. Las llamadas no cesan: medios, trámites, pésames, gestiones. Clara solo desea una cosa: silencio.

Un coche oficial del Ministerio se detiene frente a su casa. Dos personas bajan. Una pequeña bolsa hermética pasa de unas manos a otras con el cuidado de quien entrega algo sagrado.

—Efectos personales identificados —dice uno de ellos.

Se le corta la respiración.

Dentro no hay mucho: su reloj, la cartera, el neceser, una foto doblada y una libreta con anotaciones suyas. Nada más. Los objetos muestran marcas de sal. Son pocos, pero duelen como si pesaran toneladas.

Clara apoya la frente en la mesa. No puede abrir nada más. No quiere. Ese pequeño conjunto de pertenencias confirma una ausencia que todavía no sabe identificar y mucho menos pronunciar en voz alta.

El atardecer llena toda la casa de silencio. Clara toma el portátil de Daniel. Necesita ordenar sus cosas, cerrar cuentas, preparar todo antes de que pase más tiempo. Lucía le recomendó que fuese lo primero; lo demás, poco a poco.

Clara hablaba a diario con los padres de Dani; eran su única familia. Quería enviarles todas las fotografías del último viaje por la Ruta de la Seda, Samarcanda. Dani las tenía en una carpeta, la copió en un pendrive y lo guardó en su bolso para entregárselo al día siguiente.

Cogió la libreta donde él guardaba todas sus contraseñas. Con un acto mecánico, lo primero que hizo fue acceder al correo: teclea la contraseña. Entra…

Entonces lo ve.

En su propia bandeja de entrada, le extraña el último correo recibido; Dani se había enviado un correo a sí mismo. Asunto: «Por si acaso…». Fecha: 17 de febrero, 21:56 h. La noche antes del vuelo.

El corazón le golpea el pecho, los latidos acelerados. Tiene que parar, cubre su rostro con las manos. ¡Dios mío, a esa hora estaba enfadada por la boda! Habían discutido, ella estuvo fría como un témpano de hielo. Se acostó temprano, molesta, sin revisar nada.

Duda unos segundos, con los dedos temblando. Finalmente, abre el mensaje.

Cuando el amor se rompe, solo queda sostener.

De: Daniel Para: Clara Fecha: 17/02/2026 · 21:56
Asunto: Por si acaso…

Mi niña:

No quisiera enviarte esto, pero algo dentro me empuja…

Te amo, y no por costumbre, sino con el alma, con generosidad…

La vida, amor mío, es demasiado corta para que la vivamos enfadados…

Llena el alma de instantes, de amor, no te preocupes tanto por las cosas materiales…

Te llevo dentro. Eres con quien quiero compartir la vida. Mi niña, no te disgustes por la boda, siempre hemos sabido llegar al punto medio. Esta vez no será diferente. Tuyo, Dani.

Clara no terminó de leerlo. Se desplomó sobre la mesa, abrazada al portátil…

El atardecer entraba por la ventana, dorado y suave.

Lloró con una intensidad que rasgaba lo más profundo de su ser, pero a la vez liberaba. Raquel llegó en silencio; al verla, se le partió el alma. Se sentó a su lado y la rodeó con los brazos. No dijo nada. No hacía falta.

El atardecer entraba por la ventana, dorado y suave. Duele todo, pero entre los escombros aparece algo nuevo: una luz, como la llama de una vela cuando comienza a arder, por la pérdida que, sin saberlo todavía, será el primer camino hacia la sanación.



Sábado, 13 de febrero de 2027. Loulé, Algarve, Portugal

Un año. Trescientas sesenta y cinco mañanas sin su voz. Doce lunas llenas sin sus abrazos. Un invierno entero sin sus manos templadas.

Hoy habrían dicho «sí, quiero». La vida decidió otra cosa.

Y, sin embargo, Clara está en paz.

Sentada en una silla de hierro forjado, en la Praça da República de Loulé, contempla un paisaje que parece igual… aunque ella ya no lo sea. Niños corren detrás de una pelota. Un anciano baraja cartas bajo los naranjos. Una pareja se hace selfies junto a la fuente. La vida continúa, indiferente y luminosa.

Sostiene un café humeante en la cafetería antigua que a Daniel le encantaba. Decía que aquel rincón tenía magia: que allí los sabores sabían más a verdad. Mira el cielo limpio. Saca una libreta nueva. En la primera página escribe:

Hoy habría sido nuestro día. No lo fue. Y, aun así… es un día lleno de ti.

Ha llorado mucho estos meses. Ha gritado, negado, recordado. También ha crecido. Gracias a su terapeuta, a Raquel y, sobre todo, a aquel correo que Daniel escribió sin saber que sería su testamento de amor, hoy entiende lo que antes se le escapaba: vivir no es llegar, ni tener, ni exhibir. Vivir es estar. Sentir. Compartir lo simple y lo profundo.

Se levanta, deja unas monedas y camina por la calle empedrada. El pueblo parece el mismo; ella no.

En un escaparate de cerámica, una placa blanca con letras azules la detiene:
«Aprovecha cada minuto. Porque un día mirarás atrás… y te darás cuenta de que era todo».

No llora. Sonríe. Una sonrisa frágil y nueva, como quien estrena un corazón remendado con hilos finos.

—Gracias, amor —susurra—. Por enseñarme, incluso sin querer, a vivir de verdad.

Se aleja con el sol acariciándole la espalda. Va sola, pero no vacía. Ha comprendido, al fin, lo que muchos tardan en aprender: lo verdaderamente importante no se fotografía. Se siente. Se guarda. Se honra… viviéndolo.

Clara no solo seguirá adelante. Clara vivirá.
De verdad. Por ella. Y por él.


Gracias por detenerte aquí.
A veces una historia no termina: sigue respirando dentro de quien la lee.

Gracias por estar al otro lado de la palabra.